Oscar Wilde: el superhombre era él


José Luis Trullo. A veces me pregunto si seguiríamos hablando de Oscar Wilde de no haber acabado su vida de mala manera, de forma prematura, de un modo atroz. Si hubiese seguido siendo lo que fue durante unos años, un genio celebrado en y por su propia época, y por motivos más que sobrados ¿lo adoraríamos aún? Me permito ponerlo en duda. Y es que al siglo XXI le siguen gustando los personajes que gustaban a finales del siglo XX: torturados, incomprendidos y fracasados. Odiamos, quién sabe por qué, a los titanes del pensamiento que consiguen persuadir a sus propios contemporáneos. Wilde fue uno de ellos. Y, ¡con qué arsenal de argumentos! Una perspicacia fuera de lo común; una capacidad de análisis social y moral incomparable; un estilo brillante, portentoso quizás; un escritor mayúsculo, culto, ingenioso sí, pero sobre todo veraz, provocador sólo en la medida en que provocan las verdades como puños en pleno maxilar. Con parecidos méritos, Nietzsche ha venido reinando, de manera incontestada, durante décadas.

Porque, cabe aclarar: Wilde no fue simplemente un literato, un hombre de letras, un muñidor de ficciones al servicio del entretenimiento y/o el deleite pasajero. No, Wilde fue un pensador, tal vez no un filósofo (por cuanto no remite, ni explícita ni implícitamente, a la gran tradición filosófica), pero sí un espíritu crítico guiado por la sed de conocimiento y el odio a la mixtificación... él, que siempre defendió la máscara como suprema faz. Su táctica de pensamiento, además, no se aleja demasiado de la nietzscheana: la transmutación de los valores del alemán, ¿no es la que acomete el irlandés, con su permanente recurso a la paradoja como abrelatas de la dura mollera victoriana? Incluso el concepto de "superhombre" recuerda poderosamente el de "artista" wildeano: un individuo que cifra en sí mismo la fundación del sentido de la existencia personal, más allá de la apelación consuetudinaria a los valores vigentes en la sociedad de cada momento. También comparten ambos una parecida fascinación por la figura de Jesucristo, y ambos hacia el final de sus vidas, aunque con una valoración antagónica: si para Nietzsche es el causante de todas las desgracias de Occidente, para Wilde (en el De profundis y la carta a Lord Alfred Douglas) acaba asumiendo una función emblemática de insólita, e inesperada, superioridad espiritual.

En lo que sí se aleja Wilde de Nietzsche, y de qué manera, es en la carencia total de epígonos. Si, a imitación de Hegel en el XIX, el siglo XX ha dejado un auténtico reguero de nietzscheanos (confesos e inconfesos), es prácticamente imposible hallar una tradición wildeana de parecidas proporciones. Tal vez Wilde fuese la encarnación auténtica, y no meramente retórica, del ideal nietzscheano, que éste no se atrevió a acometer en ningún momento de su triste y atribulada existencia.

Los Aforismos de Oscar Wilde que recopila Gabril Insausti en esta edición recientemente editada por Renacimiento, dentro de la magnífica colección A la mínima dirigida por Manuel Neila, suponen una magnífica demostración de todo lo dicho hasta ahora. Se trata, en su mayoría, de frases entresacadas de las propias obras del autor, que avalan la capacidad sintética, incluso sentenciosa, del irlandés. Basta con unos ejemplos como aval de la misma:


"La ambición es el último refugio del fracaso"

"Nada que merezcan la pena conocer se puede enseñar"

"La opinión pública existe sólo allí donde no hay ideas"

"La verdad deja de serlo cuando más de una persona cree en ella"

"Cuando una verdad se convierte en un hecho, pierde todo su valor intelectual"

"La perversidad es un mito inventado por las buenas personas para explicar el curioso atractivo de las demás".

"Los que ven diferencia entre cuerpo y alma no tienen ninguna de las dos cosas".

"Los bien criados contradicen a otras personas. Los sabios se contradicen a sí mismos".

"Sólo los superficiales se conocen a sí mismos".

"El propósito del arte es revelar el arte y ocultar al artista".

"Todo arte es, a la vez, superficie y símbolo".

"La cosa más vulgar se vuelve deliciosa en cuanto uno la oculta".


Frases lapidarias, sorprendentes en su radical modernidad, estimulantes en lo que tienen de certeras y, al mismo tiempo, investidas de un aura de validez universal, trascendiendo los estrechos márgenes que las vieron nacer, y a la que empequeñecieron con su formidable potencia de iluminación. Un auténtico festín intelectual que ningún amante del género aforístico debería dejar pasar.


Oscar Wilde, Aforismos. Edición y traducción de Gabriel Insausti. Renacimiento, Sevilla, 2014.



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